Opción, del latín optio, es la facultad o libertad de elegir.


Cariño, te cuento que me he dado cuenta que tengo opciones. Si, cariño, opciones. Rojo, anaranjado, negro. Norte, sur, este y oeste. Hablar inglés, español y un poco de francés. Un tren a 14 Street, Madrid, Barcelona o San Juan. Comida francesa, italiana y alemana también. Opciones, cariño. Azul, amarillo y hasta blanco. Tomar el tren o ir andando. Despertarme a las seis, nueve y las once también. Sí, no, quizás. Hola, hasta luego, nos vemos pronto. Opciones. Frio, caliente o tibio. Con luz o sin luz. Verde, purpura o marrón. Faldas cortas, largas o si quiero vaqueros ajustados. Pelo suelto, recogido, peinado o despeinado. En realidad no importa porque tengo opciones, cariño. Opciones. Mañana, tarde o noche. Con música o sin música. Descalza o con zapatos. Con los ojos cerrados o abiertos. Alto, bajo. Con pasión o sin ella.  Cariño, opciones. Miles de ellas. Es más, millones de ellas. Y pasa, cariño, pasa que ninguna de ellas eres tú.  

Monólogo Interno: Parte XIV



"Tun. Tun. Tun. Probando, probando. ¿Me escuchan? Si, vale. Aquí voy.” 

Ya hace algún tiempo que no escribía por acá y aún más tiempo que no escribía uno de mis monólogos internos. Hoy les quiero hablar sobre bebes. No, no se preocupen este no será un post acerca de cuan hermoso son los bebes ni que “bendición” es tenerlos. Vale, debí haber dicho que pensaba hablar de la decisión de tener hijos. Los que me conocen saben que siempre he dicho que no quiero tener hijos. No me malinterpreten, me gustan los niños. Tengo dos sobrinos hermosos a los cuales adoro. Pero hasta ahí, al final del día puedo devolverlos y seguir con mi pacifica, algunos dirán algo egoísta, vida.  ¡Oh!, pero yo decirle eso a las personas. Es abrir una caja de pandora. Es casi como cuando explota un tubo de agua en tu casa y te empapa todo. Muy pocas personas pueden aceptar mi decisión. Lo toman casi personal. Como una ofensa contra su persona. Y comienzan los terribles “te vas arrepentir”, “eso dices ahora” o mi favorito “Dios te va a castigar”. ¿Qué se supone que deba responder? ¿Por qué tengo que justificar mi decisión? Eso dice mucho de nosotros como sociedad, que tengamos que justificar nuestras decisiones cuando son diferentes a los demás. Pero bueno, ese es tema para otro día. La historia que les quiero contar es esta. El otro día estaba yo desayunando con unos compañeros de la universidad, cuando inevitablemente surgió el tema de tener hijos. Ahora, deben tener en cuenta que cuando surgen estos temas suelo guardarme mi opinión. No porque me abochorne de ella, sino, porque me cansa tener que explicarla. Y porque rara vez encuentro una persona que la respete. En cambio, en ese día decidí unirme a la conversación. Me dije, estoy con adultos, adultos que ya están en maestría y son open minded. Así que decide arriesgarme. Chicos, que malísima idea.  Por supuesto, vinieron los comentarios usuales: “te vas a arrepentir”, “eres egoísta” o “es que no tienes la madurez todavía”. A esta última siempre contesto que el que este tan segura de esta decisión demuestra que tengo la madurez. Pero por supuesto nadie me entiende. Lo que no esperaba escuchar fue el siguiente comentario, “Déjala, la salvación espiritual es individual.” WHAT!! ¿Qué tiene que ver mi salvación con tener hijos? ¿Desde cuando se convirtió no tener hijos en un pecado? ¿Por qué Dios va a castigarme por tomar la decisión de no tener hijos? Imaginan como quede. No pude contestar. Solo un simple, “cada cual está en su derecho de tener una opinión.” Después me puse a pensar, cuan avanzados estamos en la tecnología y aun así cuan atrasados estamos con nuestras ideas, nuestras creencias. Que haya personas que piensen que el no tener hijos automáticamente me hace estar de malas con Dios. Lo cual no puede estar más lejos de la realidad. Yo creo que Dios sabe cómo pienso y más importante sabe cómo me siento. Y creo que tengo la madurez suficiente para decidir que no quiero ser madre. Simplemente es algo que no me hace falta para ser feliz. Y por esa decisión la sociedad me castiga, y ahora me amenaza con la condenación eterna. Señores, tener hijos es un responsabilidad enorme. No todo el mundo nace para tenerlos y eso está bien. En estos tiempos en que se tienen hijos por jugar y sin pensar creo que mi decisión debería ser refrescante. No piensen que la tomo sin haberlo considerado. He pensado mucho al respecto. Me he hecho preguntas difíciles. Y fue difícil aceptarla, de nuevo porque la sociedad nos ha engranado que las mujeres debes tener hijos y que si no los tienen no están completas. Pero la alternativa seria tenerlos y no ser feliz. Porque los voy a amar, claro son mis hijos. Pero sé que no tendría una vida en paz, que me sentiría culpable por no sentir que ellos me llenan, que me dan paz, etc. Así que, no quiero tener hijos. Punto. Creo que somos más y más las mujeres que tomamos esta decisión y ya va siendo hora que la sociedad nos acepte y respete nuestra decisión.  Después de todo lo que nos critican no van a estar ahí cuando él bebé se despierte a las 3 de la madrugada y no se vuelva a dormir. No, ahí estamos solas.

De regreso a Madrid

Me he regresado a Madrid. He tomado el tren que sale a las 7:52 desde Barcelona. En tu apartamento me he dejado un sostén, un par de aretes y la mitad de mi corazón. El tren está casi vacío. Y me pregunto hacia donde van las pocas personas que están allí. Quien sabe, quizás su destino sea Madrid o quizás Madrid es solo una parada más en su viaje. Que daría ella porque Madrid fuera tan solo una parada y no su destino. Que diera ella porque sus coordenadas no tuvieran sabor a ti. En tu apartamento me he dejado un par de zapatos al pie de tu puerta. Eran mis favoritos. Me he dejado tu media sonrisa. Y si, como podrás intuir, era mi favorita también.  El tren se mueve más rápido y en el encargado de los boletos nos poncha el alma. A mi izquierda un señor en sus cuarenta, con laptop, móvil y tableta en mano parecer estar en otra coordenada. Que diera ella por estar en otra también.  A mi derecha, por la ventana, Barcelona va quedando atrás. Solo es una mancha cambiante en el cristal. Dejo a Barcelona y tú mirada color gris tormenta. Por el pasillo una chica de pelo negro hasta el mentón se dirige hacia mí.  Se detiene junto al asiento vacío a mi lado y pregunta, “¿Está ocupado?” Me conoces, por un momento pensé en decirle que en efecto el asiento estaba ocupado. “No”, casi suspiro. “Genial, no me gusta sentarme sola”, contesta con un entusiasmo que nadie debería tener a esta hora de la mañana. Tan pronto se sienta a mi lado me arrepiento de no haberle dicho que el asiento estaba ocupado. Pero que iba a saber esta extraña que mi entusiasmo lo había dejado en mi lado de tu cama. “¿Es tu destino Madrid?” me pregunta. Lo pienso por un momento. ¿Era mi destino Madrid? Y ahí hablando con una extraña se decidió. Madrid no sería su destino. Madrid seria solo una parada. "No”, le conteste; resuelta a cambiar mis coordenadas.  

Seis letras y un nombre.


Cariño, solo se necesita que pronuncies mi nombre. Para que se me erice la piel. Para que comience el cosquilleo. Para que se me dibuje una sonrisa en el rostro.  Solo mi nombre. Solo seis letras. O-l-i-v-i-a. Para que mi día cambie. Para que vuelvan las dudas. Para que comience a pensarte de nuevo. Solo necesitas pronunciarlo. Para que mi corazón se acelere. Para que se abran cientos de puertas. Para que regresen los recuerdos. O-l-i-v-i-a. Para que mi mundo se ponga de cabeza. Para que de repente comiencen a fluir las palabras. Para que comience a despolvar viejas canciones. Cariño, solo pronuncias mi nombre. Para que comience a sentir de nuevo. Para que me vuelva a gustar el rojo. Para que comience a extrañarte de nuevo. Mi nombre, cariño. Para querer comenzar a escribirte de nuevo. Para que pronuncie tu nombre de vuelta. Para que de pronto no haya excusas para no pensarte de nuevo. 

Soy economía, cariño


Cariño, siempre he pensado en el amor en términos de economía. Siempre he hecho un análisis de costos-beneficios de mis relaciones.  Si, escuchaste bien. Costos y beneficios, cariño. Pros y contras. Todo para saber si es una buena inversión esto del amor.  El amor se ha convertido en la Ley de oferta, cariño. Su valor ha ido en aumento y ya no sé si sería bueno invertir. Es mucho el riesgo de pérdida. Estamos en recesión y los economistas recomiendan no hacer negocios riesgosos. Veras, es que en el amor es jugárselas todas. Es invertir todo el capital y orar por al menos recuperar lo invertido.  Sin posibilidad de ganancia. El amor es una inversión riesgosa. Por eso conmigo siempre ha sido cuestión de disponibilidad. Cuestión de costos y beneficios.  Cariño, el amor es economía. Y ya has visto las noticias, andamos en recesión. Por eso nuestra historia siempre será así. Yo llegando siempre al punto exacto para cruzar la línea pero nunca lo hago. Y no puedes culparme, cariño. En esto del amor nunca he tenido las ganancias esperadas.


11:11


 El reloj marca las 11:11. La vieja costumbre de pedir un deseo sale a la superficie.  Laura se da la vuelta  y no pide su deseo. Su móvil lleva sonando en la mesa de noche desde las 10:27. Celeste no ha parado de llamar. El móvil deja de sonar, 9 llamadas perdidas.  Vuelve a sonar una décima vez. Laura decide contestarlo.

-“¿Quién se atreve a llamarme a esta hora de la mañana?”, contesta Laura. Celeste suelta una carcajada al otro lado del móvil.

-“Laura, ya son las- una pausa- 11:26 de la mañana. Apenas y se puede llamar mañana”.- Laura se pregunta cómo alguien puede estar tan alegre a esta hora de la mañana.

-“Celeste, sabes que para mí toda hora antes de las 12:00 es muy temprano. Espero que sea algo importante. Que se haya muerto alguien o al menos, que alguien este gravemente herido. Solamente así, podría perdonarte el que me hayas levantado tan temprano.”, le contesta Celeste ya un tanto exasperada. 

- “Por Dios Laura, que mórbida. No se ha muerto nadie y nadie está gravemente herido. Creo que es algo mucho peor.”, contesta Celeste sin nada de la alegría anterior en su voz. Celeste no se imagina que pueda ser peor que una muerte.

-“Ya me haz asustado. Anda, dime, ¿qué ha pasado?”, Laura tiene un mal presentimiento. Hasta se ha arrepentido de no haber pedido el deseo cuando tuvo la oportunidad.

-“Es Ernesto”-una pausa-“Ernesto ha vuelto. Le acabo de ver en la cafetería de Don José.” Laura ha dejado de escucharle desde que escucho el nombre Ernesto. Mira el reloj, 11:33. Maldición, debió haber pedido el deseo. Ahora ya es muy tarde.  

-“Eso no es todo, Laura. Ernesto no ha vuelto solo.”

Laura no podía creer lo que estaba escuchando. ¡Dios!, y la gente se preguntan porque no me gustan las mañanas. No hay noticias buenas a esta hora de la mañana. Laura tomo la caja de cigarrillos de su mesa de noche, saco uno y lo prendió. Iba a ser un largo día.

-"¿Laura? ¿Estás ahí? ¿Laura?, Celeste sonaba preocupada. "Lau-". Laura la interrumpió.

-“Celeste, nada bueno sale de levantarme temprano. Debiste dejar que siguiera durmiendo”. Laura colgó el móvil, le dio dos caladas más al cigarrillo y se dio la vuelta para seguir durmiendo. Quien sabe, quizás la llamada solo había sido un sueño. 


Monologo Interno: Parte XIII

Ha pasado que, si no ponemos todo en las redes sociales no existimos. Pasa que si no pongo un status de cómo me estoy sintiendo o donde ando pues no es real. Entramos a las redes sociales para confirmarnos que estamos vivos. Que existimos y que allá afuera hay gente que sabe quiénes somos. Pasa que nos conectamos esperando, por fin, sentir esa conexión con los demás.  Hoy en día si no tienes Facebook/Twitter la gente te mira raro y te pregunta si eres normal. Que estamos obsesionados con subir al menos diez fotos nuestras, documentando  lo que hemos hecho en el día para dejar saber a los demás que estamos vivos. Que existimos. Que nos disfrutamos la vida. Aunque si lo pensaran bien el hecho que estés documentado cada momento de “disfrutarte la vida” hace que te la disfrutes menos. Irónico, ¿no? Tenemos que documentar cada cosa que hacemos, y ojala tan solo fuera eso, pero no. Tiene que saberlo los demás. Vivimos en un mundo donde la cantidad de “likes”/retweet o comentarios valen más que las veces que nos robamos un beso o decimos te amo. Facebook/Twitter  se ha vuelto nuestra manera de interactuar con el mundo. Porque se nos hace más fácil, porque es menos complicado. Nos escondemos detrás de una pantalla esperando que la persona del otro lado les guste como somos cuando en realidad no nos conocen para nada. Entramos y sentimos envidia de que algún amigo en Facebook anda viajando, comiendo en algún lugar exótico o se acaba de comprometer. Sin saber que, si lo anda publicando en Facebook es porque todavía no ha encontrado esa conexión que todos andamos buscando. Al estar en Facebook pensamos que estamos allá afuera viviendo, cuando en realidad solo vivimos en una caja de cristal donde solo podemos ver lo que los demás proyectan que son. Lo que los demás quieren que veamos que son. Se nos hace más fácil conocer a alguien por Facebook que conocerlo frente a frente. Porque es más fácil decir hola en línea que tener la valentía de acercártele a alguien en la calle. Entramos a Facebook para asegurarnos que no estamos solos. Sin saber que el simple acto no hace, si no, que estemos más solos.  Peor aun, mas solos pero con la falsa sensación de que no es asi. De que estamos conectados.


Update: Este escrito llevaba semanas en mi computadora. No encontraba en mí publicarlo. Tenía esa sensación de que aún no estaba completo. Llame a una de mis amigas, se lo leí y me dijo: “¿Qué esperas? Publícalo. Aun así, no lo publique. Lo deje reposar por varios días hasta que llego la contestación de porque no lo podía publicar. Pasa, que como me sospechaba, estaba incompleto.  Aquí la historia: Un día le escribí a un amigo, con el que hace tiempo no hablaba, para saludarlo. La razón por la que hacía tiempo no hablábamos era porque me sentía que era yo la que siempre andaba buscándolo. Pero ese día en particular no me importo y le escribí que andaba perdido. Me contesto que para nada, que era yo la que andaba perdida. Sus próximas palabras me dejaron de piedra. “La pérdida eres tú. Ya no te veo en Facebook ni te conectas al chat.” Se imaginaran mi sorpresa al leer sus palabras. Al parecer, el hecho que no estuviera presente en Facebook me hacía estar “perdida”. Le conteste que no me gustaba ya conectarme a Facebook porque intentaba desligarme un poco de la tecnología. “¿Antisocial?, esta fue su contestación. Y le conteste: “No, real.” Al parecer le pareció extraña mi contestación porque me contesto, “¿y eso?” A lo que procedí a explicarle que me había dado cuenta que estar en el internet nos estaba dando un falso sentido de conexión y que no quería eso para mi vida. Que las personas importantes tenían mi número y podían llamarme.  No sé qué paso, pero mi amigo cambio el tema. Y entonces, me recordé de aquel escrito guardado en mi computadora. Y que esta conversación no hacía más que confirmarme lo que ya había escrito. No estar/publicar en Facebook/Twitter es sinónimo de no existir en la vida de los demás. Incluso cuando esas personas llevan conociéndote casi cinco años, tienen tu número de teléfono y hasta saben dónde vives. Al parecer, Facebook se ha vuelto el más usado medio de comunicación. Incluso más que el temido mensaje de texto.