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La Diáspora



Me mude para los Estados Unidos hace dos años. Siempre había querido hacerlo, mucho antes de que la diáspora comenzara. Mucha gente me dijo; “¿para que te vas para allá?”, “vas a extrañar muchas cosas”, etc. Y tenían razón, pero siempre lo supe. Supe que extrañaría a mi familia, a mis amigos, a mi tierra. Eso nunca lo dude, pero aun así mi deseo de irme era más grande. Después de todo dicen que la distancia hace que el corazón crezca más afable. No voy a mentir y decir que fue fácil. Ha sido una de las decisiones más difíciles que he tomado. Y aun ahora, dos años más tarde sigue siendo difícil. Es ese constante hilo halándote en la dirección contraria. Rogándote que vuelvas.  Es por esto que cuando escucho los debates de “yo no me quito” y “me quite y me va cabron” me da tristeza. Nadie de los que aún están en la isla conoce la tristeza con la que vivos aquellos que “cruzamos el charco”. La sensación de que por más tiempo que estemos acá nunca se sentirá como estar en casa y a la misma vez, ir a la isla de visita y sentir que ya no perteneces. Los comentarios de que porque ya no vivimos allá perdimos el derecho a comentar la situación de Puerto Rico es triste. Entonces nos quedamos en ese limbo sin saber a donde pertenecemos. Y pasa, que fue a nosotros los que nos tocó el palo más corto. Y aun cuando fuimos nosotros los que escogimos el palo más corto no deja de ser difícil. Somos los que no importa a donde vayamos a comer la comida nunca sabrá igual a la de la isla. Los que como yo, se mudaron a un lugar donde las temperaturas bajan a negativos, la nieve te llega a las rodillas y el frio lo sientes hasta en los huesos. Así que sin importar cuan “cabron” nos vaya nunca será como un domingo en la playa con tus amigos sin ninguna preocupación. Por más caliente que se vuelva acá nunca será como el calor de la isla.  Así que mientras te tomas el café de la mañana escuchando al gallo cantar, no nos juzgues, porque al final del día la tienes mejor que nosotros.

Con amor, Marimar: Carta II


Cariño, ya hace algunos meses que he querido escribirte. Lo tengo todo. Lápiz, papel y las ganas. Pero nunca me animo. Pienso en que quiero decirte, que es eso tan urgente que necesitas saber. Cariño, es demasiado. Me sobran las palabras, ese es el problema. Decirte que me has cambiado la vida se queda corto. Me has cambiado el alma, cariño, que es diferente.  He tomado el lápiz, sabes. Pero es tanto lo que siento que se amontona en mi corazón y se reúsa a salir. Decirte que gracias a ti sonrío mas se quedaría corto, cariño, porque la verdad nunca supe que era un sonrisa hasta que te conocí. He tenido las ganas. Las ganas de escribirte todos los días. De decirte. Pero nada sale, cariño. Decirte que me siento como si al fin me hubiesen contado el secreto de la vida se quedaría corto, porque la verdad nunca supe que existía uno hasta que te conocí. No me mueves solo el piso, cariño, me mueves la vida, me mueves el alma. La sacudes tanto que apenas y me reconozco al mirarme al espejo. Es como si al final me hubiese convertido en esa persona que siempre debí ser y la vida se empeñó en sofocar.  He querido decirte tanto, que al final me he quedado sin palabras. 

Con amor, Marimar

Con amor, Marimar








Ayer mientras trazaba los lunares de tu espalda pensaba en cómo fue que me fui a enamorar de ti. No fue algo difícil, la verdad. Tu risa contagiosa. Y esas aventuras que solo se te ocurren a ti y terminan siendo inolvidables. Tu manía de hablar inglés cuando quieres que sepa que hablas enserio. La certeza de que siempre puedo contar con tu calor en los días de invierno. Y tus ronquidos también, para que mentir. Esa molesta manía de convertir todo en una broma, como mecanismo de defensa claro. Tratando de esconder como en realidad te sientes. ¡Que par! Tu escondiendo como te sientes y yo gritándolo a los cuatro vientos. Nos complementamos, amor, no hay duda de eso.  Ni siquiera en los días más obscuros cuando nuestros peores defectos salen a la luz. Cuando nos cuesta querernos hasta a nosotros mismos. Es en esos días cuando se hace más claro que somos el uno para el otro.  Quizás no en todos los aspectos, pero al menos en los que más cuentan.  Amor, nunca he sido de letras, más bien de sentidos. De pasiones. De certezas.  De no decirte y sino enseñarte lo que me haces sentir.

Con amor,
Marimar

Mi año 2015: Cambios

Si alguien me preguntara en estos momentos que describiera mi año 2015 solo tendría una palabra: cambios. Mi 2015 fue uno lleno de cambios. Uno detrás del otro. Una montaña rusa de emociones. El 14 de enero del 2015 con tres maletas, un par de ahorros y muchas ganas tome un vuelo sin regreso a Estados Unidos.  Ese sería solo el comienzo de un corriente de cambios que llegarían a mi vida. Cambios que me han enseñado de que está hecha la vida. Una de las cosas más valiosas que me ha enseño ha sido que ser feliz es muy solitario. Que para ganar tienes que sacrificar. Y que extrañar se siente hasta en los huesos. Que la distancia no te hace más que apreciar más lo que tenías y mirar con otros ojos las cosas que nunca pensaste extrañar.  El 2015 me regalo amor. Amor como el que siempre pensé que existía pero nunca pensé que sería para mí. Por más cliché que suene. En el 2015 todo tomó sentido y las piezas del rompecabezas al fin cayeron en su lugar. Agradezco cada cambio, cada tropiezo, cada piedra en el camino, cada caída. De cada uno de ellos aprendí y cada uno de ellos me hizo más fuerte. Y mi recompensa llego casi al final como me había contado una gitana en algún lugar cerca del mar (también me conto que viajaría el mundo y pienso darle la razón). Ahora estoy aquí con los pies firmes y el corazón lleno. Y no lo cambiaría por nada en el mundo…


Post Data. Una de mis resoluciones este año será escribir más por acá y pienso cumplirla.

New York, Oh New York! Parte 4

19 de marzo de 2015


Cierro la puerta azul royal. Afuera la brisa ligera alborota las pocas hojas en el patio.  Me ajusto la chaqueta un poco más al cuerpo. No hace mucha diferencia, en estos días llevaba el frio en los huesos. Un auto color vino tinto me espera. Mis tres maletas junto al maletero, esperan ser guardadas. Camino hacia ellas con cuidado del hielo que se ha formado en el suelo. Con cada paso el corazón me late más fuerte. “¿Todo listo?”, me preguntan. Doy una última mirada. “Todo listo”, contesto. Ya en el asiento de atrás pienso en las historias que terminan demasiado pronto. Escucho que encienden el carro pero yo ando ya en otra parte. Por mi ventana el puente de los sapos me saluda y si miro más allá 560 Main Street me cuenta que me va extrañar. Una izquierda y Main Street aparece delante de mí. Y recuerdo todas la veces que la recorrí al salir del trabajo.  Casi no hay nieve en ella, como si se hubiese puesto bonita solo para mí.  Paso un edificio gris con un letrero que lee Temporaries of New England. Ese lugar donde deje tantas sonrisas y memorias. Y mi corazón que parecía latir a mil por hora se detiene por completo. Me quedo sin aliento. “¡Detente! Da la vuelta y entra en el edificio gris”. Me bajo y me despido una vez más. Con el corazón apretado vuelvo al carro. Y el silencio se apodera de mí. Me parece que se me han acabado las palabras. Toman la salida 86 hacia el expreso I91 con dirección a New York. Es inevitable que una lágrima se escape y los recuerdos asalten. Y pensar que hasta hace unos meses ni siquiera sabía de este lugar. Y ahora me parecía estar dejando un parte de mí. El viaje fue una macha en el espejo de mi puerta, mi cabeza a miles de kilómetros de hacia dónde me dirigía. Pensando cuan injusta podía llegar a ser la vida. Cuan cruel. Apenas me salían las palabras. Pero, ¿qué podía decir? Que moría por regresa. Que detuvieran el carro. Que había cambiado de opinión. Ninguna era viable. Nunca fue mi decisión irme, irónicamente, como nunca fue mi decisión llegar. Pero lo había hecho y me había terminado enamorando del lugar. Ese que nunca había escuchado. Que tienes que mirar con mucho detenimiento para poder encontrarlo en el mapa. Y que quizás, esa nunca fue la manera que quise irme a Nueva York. Lo quería hacer en mis términos. Sin mandatos. Sin Ultimátum. Con opciones. Con cariño. Pero allí estaba de camino a cumplir uno de mis sueños y sintiendo que se me quedaba el alma. Como explicarlo. Pocos entendían que me sintiera tan triste de mudarme a la ciudad. Pero como explicar algo que ni yo misma sentía. Las horas se hicieron minutos y los minutos segundos, de pronto estábamos ahí. La ciudad delante de nosotros. Y se abrieron las posibilidades. Y las oportunidades surgieron. Y de pronto el mundo no era tan gris como pensaba. Más bien un azul gris. Con sabor a ciudad. A libertad. A magia. A segundas oportunidades. Y deje de sentirme tan sola. Y me di cuenta que estaba equivocada…Nueva York nunca había dejado de ser mi casa. Y estaba allí, recibiéndome con los brazos abiertos. Y aquel pequeño pueblo que había dejado atrás siempre estaría allí, feliz de recibirme, también, con los brazos abiertos. Y me di cuenta que el hogar no es donde está tu corazón…el hogar esta donde hay personas que te aman.  Así me di cuenta como Nueva York volvió a entrar a mi vida. De sorpresa. De una vez. Sin aviso. Como solo él puede hacerlo.   

Cariño, eres azul y a mí siempre me ha gustado el rojo.


Ayer mientras hablaba con Amelia le contaba como siempre me había enamorado por colores. Rojo, azul y hasta morado. Le explicaba como mi último amor fue tan rojo que parecía casi negro. Negro, como a veces es el color de mi alma. Esa que tú te haz empeñado en cambiar de color. ¿Qué pasa? ¿No te gusta el negro? Porque a mí me fascina. Bueno hasta que llegaste tú y ahora me ha dado por gustarme el azul. ¡Bah! Ni que azul. Rojo lo puedo entender, quizás hasta anaranjado, pero ¿azul? Nunca en la vida, cariño. Y ahora lo veo en todos lados. Hasta en tus ojos, cariño. Hasta en tus ojos. Esos que de vez en cuando me miran como queriendo limpiarme el alma. Cariño, es que no ves que no tengo remedio. Que no quiero cambiar. Que me gusto así, quebrada y un poco desequilibrada. Cariño, ¿Qué es lo que vez en mi? Porque cuando me miro al espejo solo veo una chica despeinada con dos o tres pecas de más. No soy nadie especial. Mis colores son básicos, mientras que tú te mezclas con todos ellos. Cariño, eres azul calma y yo siempre he sido rojo desastre…

Opción, del latín optio, es la facultad o libertad de elegir.


Cariño, te cuento que me he dado cuenta que tengo opciones. Si, cariño, opciones. Rojo, anaranjado, negro. Norte, sur, este y oeste. Hablar inglés, español y un poco de francés. Un tren a 14 Street, Madrid, Barcelona o San Juan. Comida francesa, italiana y alemana también. Opciones, cariño. Azul, amarillo y hasta blanco. Tomar el tren o ir andando. Despertarme a las seis, nueve y las once también. Sí, no, quizás. Hola, hasta luego, nos vemos pronto. Opciones. Frio, caliente o tibio. Con luz o sin luz. Verde, purpura o marrón. Faldas cortas, largas o si quiero vaqueros ajustados. Pelo suelto, recogido, peinado o despeinado. En realidad no importa porque tengo opciones, cariño. Opciones. Mañana, tarde o noche. Con música o sin música. Descalza o con zapatos. Con los ojos cerrados o abiertos. Alto, bajo. Con pasión o sin ella.  Cariño, opciones. Miles de ellas. Es más, millones de ellas. Y pasa, cariño, pasa que ninguna de ellas eres tú.