Un último adiós.

Isabel se encuentra sentada en frente de Julián esperando su reacción.

-No entiendo- le dice Julián.

-Veras, Julián, es tan simple como que ni te escojo a ti ni a Marcos. Que me escojo a mí. Que me di cuenta que siempre he sido más feliz cuando estoy sola. Que no me molesta llegar a un apartamento vacío. Que la compañía que más anhelo siempre has sido la mía. Que me gusta estar sola.

-¡Pero!, como que te gusta estar sola, Isabel. No digas tonterías. A nadie le gusta estar solo. Que uno siempre necesita alguien con quien compartir su vida. Y yo quiero compartir la mía contigo.

-Sí, pero yo no contigo. La quiero compartir conmigo. ¿Tan difícil es? ¿Comprender? He nacido para estar sola, Julián. Y si yo lo he podido entender y aceptar. Tú también puedes.

-Es la excusa más estúpida que han usado para cortarme. Muchos más que: “No eres tu soy yo”. Esperaba más de ti, Isabel. Eres una cobarde.

- ¿Ves? Esa siempre ha sido la diferencia entre Marcos y tú. Él puede entender que esto es lo que me hace feliz y lo acepta. ¿Sabes porque? Porque él siempre supe quien en realidad era.

Isabel se levantó de la mesa y le dijo: “Hasta nunca, Julián. Que seas feliz.” Julián no dijo nada, aunque ya no tenía caso que lo hiciera. Isabel sabía que había hecho lo correcto.  Recogió sus maletas y pidió un taxi hacia su nueva vida. Sola.


FIN 

Un último dialogo

A solo días de aquel fatídico día con Julián y Marcos, Isabel se encontraba de nuevo al pie de la puerta del que iba a pasar a ser su ex-apartamento con quien iba a pasar a ser su ex-novio con tres maletas y el corazón un poco roto.

-Perdóname- le susurra Isabel a Marcos, que esta recostado en el marco del puerta con un expresión de angustia en el rostro.

-No tienes por qué disculparte, Isabel. Siempre he sabido que eres un espíritu libre. Y lo había aceptado hace mucho tiempo. Qué más puedo esperar de ti que hacer siempre aquello que te hace feliz.

-Aun así, te debo una disculpa. Porque en nombre de mi libertad y felicidad te he herido. Y esa nunca fue la idea. Créeme.

-Lo sé, pero es algo que no se pudo evitar. No te culpo, sabes, yo siempre supe cómo serían las cosas desde un principio. Y no me arrepiento, valió la pena.

Isabel no pudo evitar querer amar a Marcos como él se merecía. Que fácil hubiese sido su vida si se resignara y se quedara con Marcos. Pero Isabel nunca había sido de las personas que se conformaban y mucho menos le gustaban las cosas fáciles. Si, era un masoquista.   Isabel se acerca a Marcos y lo abraza, mientras le susurra al oído: “Te voy a extrañar y tampoco me arrepiento”. Le da un apretón más, agarra sus maletas y sale de allí antes que las lágrimas comiencen a caer. Todavía le falta una cosa más que hacer, las lágrimas tendrán que esperar. Saca el móvil y marca el número que le era tan familiar como el de Marcos.

-Hola- contestan.

-Julián, tenemos que hablar- le dice, mientras espera un taxi.  


Conocerte.



Conocerte ha sido querer levantarme temprano todas las mañanas. Es querer beber café, aun cuando no me gusta, solo porque es tu favorito. Es querer escuchar cada una de tus canciones favoritas para saber un poco más de ti.  Conocerte es querer usar tu camisa para dormir todas las noches. Es sonreír más y preocuparme menos. Es haberle encontrado sentido a la vida.  Conocerte ha sido descubrir que puedo ser una persona completamente distinta. Es que disipes todos mis miedos para crear nuevos. Es confirmarme que estaba en lo correcto. Es haberme vuelto más valiente. Conocerte es querer dedicarte a Benedetti, Neruda y hasta Rilke también. Es que cada Coca Cola me sepa a ti. Es querer hablar de ti con todos y nadie. Es querer que por primera vez alguien vea como soy y no sólo eso, que también le guste lo que vea.  Conocerte ha sido querer que cada uno de mis días te incluyan a ti. 

La chica del elevador

Querido Andrés:

Soy una idiota. Si, haz leído bien. Soy una idiota. Te preguntaras porque lo digo y porque me dio con comenzar esta carta así. Veras, soy una idiota por haber pensado en un principio que podía cambiarte. Que el conocerme podría crear un cambio en ti. Y la cosa es que siempre había creído que las personas no cambian hasta que te conocí y se me metió en la cabeza que en el fondo eras lo que yo buscaba. Y más que eso, que yo era capaz de distinguir entre lo que querías y no querías. Cuando la verdad no existe tal cosa. Si soy sincera de primera vista pensé que eras uno de esos hombres que andan por la vida con una muralla en el corazón y un bachillerato  en mecanismos de defensa. Que en realidad esa fachada de tipo malo y peligroso solo era una manera de esconder lo que en realidad eras. ¿Qué me hizo pensar eso?, te preguntas. La verdad solo fueron unas tontas palabras que dijiste algún día que andabas pasado de copas y yo también, por supuesto.  Ese día me mentí a  mí misma por primera vez y me hice creer que estaba enamorada de ti y que peor aún, tú eras todo lo que siempre había buscado. Ignore todo lo que odiaba de ti y me hice creer que podría cambiar todas esas faltas.  ¿Ahora comprendes porque he sido un idiota?  Ya ni recuerdo que fue lo que dijiste ese día que me hizo creer que en ti había ese tipo que había buscado toda mi vida. Ahora estarás pensando cual sería el motivo de esta carta y que demonios tienes tu que ver con que yo me haya creado toda esa historia en la cabeza. No tienes nada que ver en todo esto y el motivo de mi carta es para que entiendas porque tu carro tiene dos cristales rotos y uno que otro “golpecito”. Pensándolo bien, tienes mucho que ver. Después de todo has sido el protagonista de este cuento que me he creado en la cabeza y el único que ha venido a pagar las consecuencias. Total ya me di cuenta que no eres lo que quería y que tenía razón con eso de que la gente nunca cambia.
                                                          
                                                                                                          Con amor,                                                                      
                                                                                                                      La chica del elevador                                                                                                                                                                                                        
                                                                                                                                                                    


Post data. Perdona lo de tu carro, pero no tengo ni un euro para pagarte. Quizás la chica que ahora anda en tu cama te pueda prestar el dinero.

Un paréntesis en la vida de esta escritora

E Isabel, por supuesto...

Le comentaba a una amiga el otro día que se me estaba haciendo difícil poder terminar la historia de Isabel. Que de todos mis personajes era ella quien siempre me daba más trabajo.  Quizás porque Isabel era una mezcla entre la persona que soy y la que me gustaría ser.  Isabel nació del deseo de poder hacer todo lo que quiero y del miedo de hacerlo y arruinarlo todo.  Isabel se ha llevado pedazos de mi alma cada vez que la escribo. Se ha convertido en mí y en todos a mí alrededor. Isabel ha sido mi aliento, mi pena, mi alegría, mi tristeza y mi libertad. La cuestión es que yo sé cómo termina la historia de Isabel. Sé a dónde Isabel va a parar a llegar, pero no quiero admitirlo. Porque no va a ser fácil el camino que va a tomar, no va a hacer fácil las decisiones ni mucho menos las consecuencias, no va a ser fácil llegar a ese último lugar. Y como toda madre, aunque ficticia, me negaba a que Isabel pasara por tanto sufrimiento, a que cometiera tantos errores. Lo que entendí hace unos días es que para que Isabel pueda crecer, madurar, ser feliz, va a tener que pasar por todas estas cosas. Por días me negaba a creer que ese iba a ser el final de Isabel, que era allí donde terminaría. ¿Pero saben que es lo que pasa? Que ese final que no quiero para ella es el que ella se empeña en buscar y querer. Y quien soy yo para negarle algo. Total, al final, llego a ser feliz.   




Post data. No, no estoy loca. Y si, si hablo de mis personajes como si fueran reales. Para mí lo son. 

¿En búsqueda de la libertad, dices?

*Alguien me escribió preguntándome si podía escribir algo que pudiera hacerlo entender un poco más a Isabel.  Mi primera reacción fue, pero si ni siquiera yo misma la puedo entender. Días después nació esto, espero que con ello, si no llegan a entender a Isabel al menos puedan llegar a
conocer un poco más de ella. 


Isabel siempre había sentido la necesidad de ser libre. Desde qué era pequeña había peleado por esa libertad. Se había enamorado mucho más tarde que los demás porque siempre había creído que enamorarse era dejar de ser libre. Nunca dejaba que nadie le dijera como debía vivir su vida. Vivía, constantemente, huyendo de todo aquello que le producía algún sentimiento de asfixia. Casi nunca se comprometía a nada, en nombre de esa misma libertad. No creía en el matrimonio porque pensaba que era imposible que dos personas se hicieran esa clase de promesa y cumplirla. Le parecía hipócrita pararte frente cientos de personas y prometerle a alguien más amarlo “hasta que la muerte los separe”. Había luchado contra muchos para encontrar esa libertad que tanto anhelaba. Se había ido de Madrid cuando tenía tan solo 17 años, dejando atrás todos los lujos y privilegios, para mudarse a una ciudad que apenas conocía y trabajar en una pequeña cafetería en donde su salario dependía del humor de los clientes. Su padre había peleado, amenazado y suplicado para que no se fuera. Diciéndole cosas como que, si se iba no iba a obtener ni un centavo de su herencia ni mucho menos lo volvería a ver. Isabel se había marchado a pesar de todo eso. El día en que tomo la decisión fue cuando se dio cuenta de que a pesar de haber luchado tanto realmente no era libre. Quienes la conocían pensaban lo contrario, que ella era la persona más libre que hubieran conocido y eso le apenaba. Vivió esos 17 años buscando una libertad que no sabía que ya tenía. Incontables fueron las crisis que tuvo pensando en cómo escapar de su prisión. Fue en un día de abril, particularmente malo, que se había dado cuenta que todo este tiempo ella había sido la responsable de mantener cerrados los candados en su prisión. En ese momento sin pensarlo compro un boleto de avión hacia Nueva York. Llego a la ciudad con un par de maletas, un poco de dinero y el corazón roto. Extrañamente nunca se había sentido más feliz ni más libre que aquel día parada frente a las puertas del aeropuerto sin tener ni puta idea a adonde ir….


Monólogo Interno: Parte X


*un suspiro* Si, solo uno. Más de uno sería demasiado egoísta. Hoy por primera vez les voy a hablar del amor. Si, se lo que están pensando, que mi blog está lleno de escritos sobre el amor, y es cierto. La cosa es que yo escribo sobre el amor, creo historias de amor, pero nunca hablo del amor. De lo que en realidad es el amor o al menos en lo que nosotros lo hemos convertido. ¿Cuándo fue que lo convertimos en nuestra excusa? He perdido la cuenta de cuantas veces he escucha a alguien decir: “Es que no quiero que termine porque aun lo amo”. Como si el que aun amaras a una persona cambiara todo lo malo que hay en la relación.  Sé que sueno un poco fatalista, pero es la verdad. Lo más difícil que he tenido que aprender es que en ocasiones el amor no es suficiente.  Tenemos las respuestas a nuestras preguntas justo al frente de nosotros, pero no queremos verlas. ¿Porque es tan difícil dejar ir algo que no está funcionando? Entendería que fuera difícil dejar ir algo que aún está “bien”, pero al parecer duele más dejar ir aquello que no funciona.  No estoy juzgando a nadie, yo también he pasado por esto. Para mí también ha sido difícil dejar ir algo que no funciona, es más, algo que sé que no es lo que quiero.  Por lo mismo no puedo dejar de preguntarme, ¿por qué? ¿Por qué no quedamos cuando sabemos que algo no está funcionando? ¿Por qué aguantamos y alargamos la tortura? Muchos responden con la palabra amor. Pues yo creo que no es amor, que es más orgullo. Que es más el miedo a quedarse solo. El miedo a no volver a encontrar el amor de nuevo. Que razones más estúpidas, ¿verdad? Cuantas veces no las he dado para luego sentirme como una idiota. Porque la verdad si lo piensan bien son razones sin sentido. Porque como le dije a una amiga yo prefiero pasarme toda la vida buscando aquello que quiero y quedarme sola, que quedarme con alguien que me hace sentir igualmente sola. Tenemos que dejar a un lado esas ideas románticas que allá fuera existe un amor perfecto, no lo hay.  El amor no es perfecto, y me alegro que no lo sea porque yo no lo soy. El amor es imperfecto. Es amar a esa persona a pesar de sus imperfecciones. Es pelear con esa persona  y que nunca te pase por la cabeza dejarla, a la misma vez que sabes que ella tampoco te dejara ir. Pero también es saber cuándo dejar ir. Cuando ha sido suficiente. El amor es dar, pero también recibir a cambio. Es nunca pensar que estas pidiendo demasiado. El amor es difícil, complicado y en ocasiones molesto. Pero nunca es masoquista, ni tortura y mucho menos es angustia.  Así que, ¿porque no me empeñamos en hacerlo más difícil de lo que ya es? Ojala ese fuera el único problema, pero no nos conformamos con hacerlo más complicado, con no dejarlo ir cuando debemos o hacerlo nuestra excusa,  no. Queremos más. Así que, cuando ya lo hemos dejado ir nos pasamos días y semanas, hasta meses, pensando en ello. Repasando todas las cosas que hemos hecho. Dudando si fue la decisión correcta. Siendo ilógicos echándonos culpas que no son nuestras. Torturándonos con los malditos que hubiera sido. *otro suspiro* Que complicado, ¿no? Que complicados somos. Que mucho complicamos las cosas. Bueno, pero que se yo de todo esto. Después de todo he escrito todo esto y lo pienso, pero a la hora de la verdad hago todo esto y más. Supongo que con el amor todo sentido se va por la ventana.